Prot. 17/0298

Colle don Bosco, 16 de agosto de 2017

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Queridos hermanos y miembros de la Familia Salesiana:

Deliberadamente  quiero fechar esta carta, que escribo con ocasión de la inminente beatificación del Venerable Titus Zeman, que tendrá lugar el próximo 30 de septiembre en Bratislava (Eslovenia), recordando el nacimiento de nuestro Padre y Fundador Don Bosco, del que hace  ahora dos años hemos celebrado solemnemente el bicentenario de su nacimiento. Es significativo que el martirio de don Titus Zeman sea reconocido como fruto de la santidad de nuestra Familia, en el marco del bicentenario, después del Beato Esteban Sandor, salesiano coadjutor húngaro, beatificado en 2013, que ofreció la vida por la salvación de los jóvenes en el mundo del trabajo, en el mismo contexto de persecución.

Titus Zeman nació en Vajnory, cerca de Bratislava (Eslovenia), el 4 de enero de 1915, primogénito de diez hermanos en una familia más bien humilde. A los 10 años sana improvisamente por intercesión de la Virgen y le promete “ser su hijo para siempre” y hacerse sacerdote salesiano. Logra realizar este sueño en 1927, después de haber superado, durante dos años, la oposición de la familia. Había propuesto a la familia vender un campo para poder pagarle los estudios, diciendo: Si hubiese muerto, habríais encontrado el dinero  para mi funeral. Os pido que empleéis este dinero para pagarme los estudios”.

Esta misma determinación encontramos siempre en Zeman: cuando se instaura el régimen comunista en Checoslovaquia y se persigue a la Iglesia, don Titus defiende el símbolo del crucifijo (1946) a costa de ser despedido de la escuela en la que enseñaba. Escapado providencialmente de la dramática “Noche de los bárbaros” y de la deportación de religiosos (13-14 de abril de 1950), decide  pasar con los jóvenes salesianos el Telón de acero hacia Turín donde lo acoge el Rector Mayor don Pedro Ricaldone. Después de lograr hacer dos viajes (verano y otoño de 1950), la expedición de abril de 1951 fracasa. Don Zeman se enfrenta a una semana inicial de torturas y otros diez meses de prisión preventiva, con las crueles torturas consiguientes, hasta su proceso del 20-22 de febrero de 1952. Soportará después 12 años de prisión (1952.1964) y casi 5 años de libertad condicional, siempre  espiado y perseguido (1964-1969).

En febrero de 1952 el Fiscal general pide para él, por espionaje, alta traición y paso ilegal de la frontera, la pena de muerte, conmutada por 25 años de cárcel incondicional rigurosa. Pero don Zeman está fichado como “hombre destinado a ser eliminado” y experimenta la vida de los campos de trabajos forzados. Es obligado a triturar manualmente y sin protección alguna uranio radiactivo, pasa cientos de días en celda de aislamiento, con una ración de comida seis veces inferior a la de los demás. Contrae gravemente enfermedades cardíacas, pulmonares y neurológicas. El 10 de marzo de 1964, cumplida más de la mitad de la pena, sale de la cárcel en libertad condicionada, durante 7 años; está físicamente irreconocible y vive una época de intenso sufrimiento, incluso espiritual, por la prohibición de ejercer públicamente el ministerio sacerdotal. Muere  después de haber sido amnistiado, el 8 de  enero de 1969.

El testimonio de don Titus es la encarnación de la llamada vocacional de Jesús y de la predilección pastoral  por los jóvenes, sobre todo por los jóvenes religiosos salesianos, predilección que se manifestará, como fue para Don Bosco, en verdadera “pasión”, buscando su bien, poniendo en ello todas sus energías, todas las fuerzas, toda la vida en espíritu de sacrificio y ofrecimiento: “Aunque perdiese la vida, no la consideraría malgastada, sabiendo que al menos uno de aquellos a los que he ayudado, ha llegado a ser sacerdote, en mi lugar”. Así ha vivido e interpretado lo que dicen nuestras Constituciones en el artículo 28: “Como respuesta a las necesidades de su pueblo, el Señor llama, continuamente y con variedad de dones, a seguirlo por el servicio del Reino. Estamos convencidos de que hay muchos jóvenes ricos en recursos espirituales y con gérmenes de vocación apostólica.  Les ayudamos a descubrir, acoger y madurar el don de la vocación seglar, consagrada o sacerdotal, para bien de toda la Iglesia y de la Familia Salesiana”.

Don Titus vivió su vocación y la misión especial a la que se sintió llamado de trabajar por la salvación de las vocaciones con gran espíritu de fe, abrazando la hora del “calvario” y del “sacrificio” y dando prueba de la capacidad, también por la gracia recibida de Dios, de afrontar el ofrecimiento de la vida, la pasión de la cárcel, la tortura y, en fin, la muerte con conciencia cristiana, consagrada y sacerdotal. Lo demuestra el rosario de 58 cuentas, uno por cada período de tortura, hecho por él con pan e hilo, y sobre todo la referencia al Ecce homo, como a Aquel que le ha acompañado en sus sufrimientos, y sin el cual no hubiera sido capaz de afrontarlos, Él protege y defiende la fe de los jóvenes en tiempo de persecución, para oponerse a la reeducación y recualificación ideológica comunista, poniendo en práctica una intensa y arriesgada acción de protección y salvaguardia de las vocaciones. Su camino de fe es un continuo “resplandecer” de virtudes, fruto de una intensa vida interior, que se traduce en una misión arriesgada, en un país donde el Comunismo pretendía borrar toda traza de vida cristiana.   Toda la vida de don Titus Zeman se resume en animar a los demás a aquella “fidelidad en la vocación” con la que él había seguido decididamente la suya. El suyo es un amor total  a la Iglesia y a la propia vocación religiosa y misión apostólica. Sus arriesgadas empresas brotan de este amor unificado y unificador.

El testimonio heroico del Beato Titus Zeman es una de las páginas de fe más bellas que la comunidad cristiana de Europa Occidental y nuestra Congregación han escrito en los duros años de persecución religiosa por los regímenes comunistas en el siglo pasado. En él brilla de manera particular la preocupación por las jóvenes vocaciones consagradas y sacerdotales, decisivas para el futuro de la fe en esos territorios.

         Para toda la Iglesia, y en particular para nuestra Congregación y para la Familia Salesiana, el regalo de la beatificación de don Titus es un fuerte estímulo para un renovado compromiso no solo de testimonio de la fe en tiempo de fragilidad vocacional y abandonos, sino también de promoción y acompañamiento de las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y al matrimonio. Su martirio ha sido fruto de una heroica “caridad pastoral”, que recuerda al “Buen Pastor”, que no abandona al rebaño cuando viene el lobo, como haría un mercenario:  dar la vida por amor y no por una recompensa, ser guía de los más jóvenes, pero sobre todo fermento de unidad; considerar a uno tan importante como si se tratara de ciento, dispuesto a dejar todo con tal de ponerlo a salvo; valorar la libertad del interlocutor, guiando a los jóvenes en el discernimiento y sosteniéndolos en la elección que solo ellos pueden y deben tomar (”podrán salir y entrar…”). Cuando don Zeman renuncia pasar él solo el río Morava y se expone a su captura con tal de estar con los “suyos”, o acomodar su propio paso al de los sacerdotes diocesanos en dificultad, está en verdad encarnando la imagen del Buen Pastor. El “da mihi animas” asociado al “caetera tolle” de nuestro lema se expresa vivamente en el ofrecimiento voluntario de la vida por parte de nuestro hermano, así como también en la aplicación del “método preventivo” salesiano, en situaciones extremas.

         En esta perspectiva considero que el testimonio de don Titus y el evento de su beatificación son de gran actualidad también ante la preparación y celebración del próximo sínodo dedicado al tema: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Don Titus a través de los pasos clandestinos, ha encarnado en cierto modo, estos pasos fundamentales del proceso de discernimiento, que es el instrumento principal con el que se ofrece a  los jóvenes la posibilidad de descubrir y realizar, a la luz de la fe, la propia vocación. Su fe, inspirada en la Palabra de Dios, ha sido la fuente de la opción de acompañar a los jóvenes hermanos a la hora de la persecución, convirtiéndose en compañero de camino y acogiendo con disponibilidad este don de la gracia, hecho fecundo a través de opciones concretas y coherentes. Supo tomar importantes decisiones y orientar las propias acciones en situaciones de incertidumbre y ante impulsos interiores contrastantes, confiando en la gracia de Dios, en la ayuda de María Auxiliadora y en obediencia a sus superiores. Estaba convencido de que la fe “no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida.  Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades” (Lumen fidei, 53).

         Deseo que don Titus  sea para nuestras Comunidades educativo-pastorales y para nuestros centros de formación, modelo y patrono en la tarea de acompañamiento de las nuevas generaciones, en acoger la llamada a colaborar en la alegría de los jóvenes. Don Titus es  para nosotros la encarnación de aquellas figuras de referencia de las que habla el Documento preparatorio de Sínodo, que desempeñan “el rol de adultos dignos de fe, con los que mantener una alianza positiva, fundamental en todo recorrido de maduración humana y de discernimiento vocacional… creyentes autorizados, con una clara identidad humana, una sólida pertenencia eclesial, una visible calidad espiritual, una vigorosa pasión educativa y una profunda capacidad de discernimiento”.  La fuerza de la fe, la profundidad de la capacidad de discernimiento y la entrega al servicio de los jóvenes hasta el martirio de Titus Zeman, al tiempo que nos confirman que el carisma de Don Bosco está vivo en el tiempo y en la historia, nos estimulan a renovar, en las diversas circunstancias de tiempos y lugares, nuestra vocación y  misión pastoral y educativa.

         Para los jóvenes que están haciendo ahora un camino de crecimiento vocacional en la vida salesiana y viviendo las primeras fases de la formación inicial, el testimonio de don Titus, al igual que la de su coetáneo húngaro el salesiano coadjutor Beato Esteban Sandor, es motivo de un grande impulso para proseguir con generosidad y confianza la empresa emprendida. Titus y Esteban han considerado tan precioso el don de su llamada a seguir al Señor y servir a los jóvenes como Don Bosco que, aun cuando hubieran podido fácilmente ponerse a salvo, han preferido mantenerse fieles al precio de su propia vida. Es la paradoja del Evangelio: “Quien quiera salvar la propia vida, la perderá; pero quien la pierda por mi causa, la encontrará” (Mt 14,25). La Vocación es algo más que una opción  de trabajo o una carrera. Vale mucho más. Vale la vida, y vale la pena dedicarla lo mejor de nosotros mismos fiándonos sin reservas de Aquel que nos llama y nos envía.

         Mientras comparto la alegría de la Iglesia y de la Familia Salesiana de Eslovenia, invito a todas nuestras comunidades y grupos de la Familia Salesiana a celebrar dignamente la memoria del nuevo Beato, a conocer su testimonio de martirio y a invocar su intercesión para la perseverancia y fecundidad de las vocaciones. María Auxiliadora a quien el joven Titus prometió ser “hijo suyo para siempre”, bendiga y acompañe con su presencia materna el camino vocacional de cada uno de nosotros.