BEATO CEFERINO NAMUNCURÁ (1886-1905)



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Venerable: 22 - 6 - 1972; Beato: 11 - 11 - 2007

ORACIÓN
Te damos gracias, Dios Padre nuestro, porque en el beato Ceferino
has dado a los jóvenes y a todos los fieles un ejemplo luminoso de santidad.
Dócil a tu llamada,
ha cooperado fielmente en la edificación de tu Iglesia, cumpliendo con paciencia y amor
los deberes cotidianos,
y perfeccionándose incesantemente en el ejercicio de la virtud.
Haz que también nosotros colaboremos en la llegada de tu reino y concédenos, por su intercesión,
la gracia que te pedimos.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

La santidad de Ceferino es expresión y fruto de la espiritualidad juvenil salesiana, hecha de alegría, amistad con Jesús y María, cumpli- miento de los propios deberes, entrega a los demás. Ceferino repre- senta la prueba convincente de la fidelidad con la que los primeros misioneros enviados por Don Bosco a Argentina, lograron repetir lo mismo que él había realizado en el Oratorio de Valdocco: formar jóvenes santos.

La vida de Ceferino es una parábola de apenas 19 años, pero rica en enseñanzas. Nació en Chimpay (Argentina) el 26 de agosto de 1886 y fue bautizado dos años después, por el misionero Salesiano don Milanesio, que había mediado en el acuerdo de paz entre los Mapuches (población indígena ubicada entre Chile y Argentina) y el ejército argentino, haciendo posible que el papá de Ceferino con- servara para sí el título de «Gran Cacique» (jefe), y también el territo- rio de Chimpay para su pueblo.

Tenía once años cuando su padre lo inscribió en la escuela gubernamental de Buenos Aires: quería hacer de su hijo el futuro de- fensor de su pueblo. Pero Ceferino se encontró incómodo y el padre lo llevó al colegio Salesiano «Pío IX». Aquí comenzó la aventura de la gracia, que lo transformaría en un testimonio heroico de vida cristia- na. Desde el principio mostró gran interés por el estudio, se enamo- ró de las prácticas de piedad, se apasionó por el catecismo y se ganó la simpatía de sus compañeros y superiores. Dos hechos lo lanzaron a las cimas más altas: la lectura de la vida de Domingo Savio, del que fue ardiente admirador, y la Primera Comunión, en la que hizo un pacto de absoluta fidelidad con su gran amigo Jesús. Desde entonces, este muchacho, que encontraba dificultad en «ponerse en fila» y «obe- decer al toque de campana», se convirtió en modelo.

Eligió como ejemplo de vida a Domingo Savio, tomando como suya la «sencilla receta» de la santidad de Don Bosco. «Estate siempre alegre; cumple bien tus deberes de piedad y de estudio; ayuda a tus compañeros». «Sonreía con los ojos», afirmaban de Ceferino sus com- pañeros. Era el alma de los recreos en los que participaba con crea- tividad y entusiasmo, a veces con impetuosidad. Sabía hacer juegos de magia que le ganaron el apelativo de «mago». Organizaba diversos campeonatos y enseñaba a sus compañeros la mejor manera de hacer arcos y flechas, para adiestarles en el tiro al blanco. Era el ár- bitro en los juegos: su palabra era aceptada por los compañeros en sus disputas. La piedad de Ceferino era la característica de los am- bientes Salesianos, basada firmemente en los sacramentos, y en par- ticular en la Eucaristía, considerada como «la columna» del Sistema Preventivo. Por esto Ceferino desempeñaba con gusto el cargo de sacristán. Impresionaba la lentitud con la que hacía la señal de la cruz, como si meditada cada una de sus palabras; corregía con el ejemplo a sus compañeros enseñándoles a hacerla despacio y con devoción.

En 1903, a los dieciséis años y medio, monseñor Cagliero lo acepta en el grupo de aspirantes en Viedma, sede del vicariato apostóli- co, para iniciar el estudio del Latín. Un día —Ceferino era ya aspi- rante Salesiano en Viedma—, Francisco de Salvo, al verle llegar a caballo como una centella, le gritó: «Ceferino, ¿qué es lo que más te gusta?». Esperaba una respuesta sobre la equitación, arte en la que los araucanos eran maestros. Pero el muchacho, frenando al caballo respondió: «Ser sacerdote», y continuó la carrera.
Precisamente en aquellos años de crecimiento interior, enfermó de tuberculosis. Hicieron que volviera a su clima natal, pero no fue suficiente.

Monseñor Cagliero pensó entonces que en Italia encontraría mejores cuidados. Su presencia no pasó desapercibida: los periódicos ha- blaron con admiración del Príncipe de las Pampas. Don Rua lo invitó a la mesa con el Consejo Superior. Pío X lo recibió en audiencia priva- da, escuchándolo con interés y regalándole una medalla suya ad prín- cipes. En el colegio Salesiano de Villa Sora, en Frascati, Ceferino —que encontraba alguna dificultad en la lengua italiana— llegó en pocos meses a ser el segundo de la clase. En la ficha escolar destaca el óptimo resultado en Latín: era un requisito importante para ser sacerdote. El 8 de marzo de 1905 hubo que ingresarlo en el hospital Fatebenefra- telli de la Isla Tiberina, donde murió el 11 de mayo siguiente, dejando tras de sí una impronta de bondad, diligencia, pureza y alegría inimi- tables. Sobre este particular es impresionante el testimonio del Salesia- no don Iorio. Tres días antes de morir Ceferino, don Iorio había ido a visitarlo en el hospital. Y el joven Ceferino, ya al final de su vida, le dijo: «Padre, yo me iré dentro de poco, pero le recomiendo a este pobre joven, que está junto a mi lecho. Venga con frecuencia a visitarlo…

¡Sufre tanto! De noche casi no duerme, tose mucho…».
Era un fruto maduro de la espiritualidad juvenil salesiana. Sus restos descansan en el santuario de Fortín Mercedes en Argentina, y su tumba es meta de constantes peregrinaciones, porque es grande la fama de santidad de que goza entre el pueblo argentino. Ceferino encarna en sí los sufrimientos, las angustias y las aspiraciones de su pueblo Mapuche, aquel mismo pueblo que en los años de su ado- lescencia se encontró con el Evangelio y se abrió al don de la fe, bajo la guía de sabios educadores Salesianos. Hay una expresión que resume todo su programa de vida: «Quiero estudiar para ser útil a mi pueblo». En efecto, Ceferino quería estudiar, ser sacerdote y volver a su pueblo, para contribuir al crecimiento cultural y espiritual de su gente, como había visto hacer a los primeros misioneros Salesianos. El santo nunca es como un meteorito que atraviesa improvisamente el cielo de la humanidad, sino más bien el fruto de una larga y silen- ciosa gestación de una familia y de un pueblo que expresan en ese hijo sus mejores cualidades.

El beato Ceferino es una invitación a creer en los jóvenes, también en aquellos apenas evangelizados, a descubrir la fecundidad del Evangelio, que no destruye nada de aquello que es verdaderamente humano, y es la aportación metodológica de la educación en este estupendo trabajo de configuración de la persona humana que llega a reproducir en sí mismo la imagen de Cristo.


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